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CARNET DE ARTE
LAS TARACEAS DE A. SANJULIAN

Julio de 1969: la publicación Ancora se hace eco de otra de sus grandes exposiciones.

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En la exposición colectiva de los Artistas locales, abierta como cada año, para estas fechas en el Palacio Municipal, figuran las obras del guixolense Sanjulián, curioso exponente de un difícil y casi olvidado arte.
Perdonen los restantes expositores, si esta vez mis ojos se fijaron de una manera especial e insistente en las taraceas de Sanjulián y de que hoy pregone la alegría de lo que representó, para mí, un gozoso reencuentro.
En el próximo mes de octubre, se cumplirán treinta y cinco años y los que Dios quiera vendrá adornando la cabecera de mi cama una taracea de origen alemán, representando la Divina Pastora, al cuido y vigilancia de un rebaño de cervatillos. Nunca supe de otros trabajos de estas características e ignoré, hasta hoy, que un guixolense, precisamente, se había destacado como maestro, en este poco común y pacientísimo arte.

No habrán sido únicamente mis ojos amigos los que se habrán fijado en las obras que expone Sanjulián, perfectas de composición y dibujo. Pródiga en matices, le vemos, no obstante, incidir repetidamente en dos temas, y adivinamos que han de ser sus preferidos; inspirados unos en El Quijote y los otros en escenas de las óperas más famosas. La técnica de que hace gala Sanjulián no rehúye obstáculos; parece que gusta de realizar

El Quijote

 

Otelo


aquellas obras que más dificultades encierran, sirviendo con amor, doblegándose a las exigencias del detalle.
La expresión que sabe dar a los rostros de sus figuras, dulzura, asombro,  enfado o indiferencia altiva, es algo realmente maravilloso, teniendo en cuenta que cada línea, cada trazo, de lo que aparentemente se consiguió con un lápiz o un pincel, es un trabajo de incrustación de maderas naturales, realizado a punta de bisturí.
Taracear es esto: ejercer el arte y la técnica de incrustación a cinco milímetros de profundidad. Y no valen apaños ni trampas. Los colores son los de las propias maderas, la mayor parte de ellas exóticas, como el ébano, palo-rosa, caoba, tulipa, chicaranda, coral,… Algunas europeas o del país. En total unas veintiocho clases distintas.
Uno se imagina cuán dificultoso ha de ser este trabajo, descontada la selección de maderas, para conseguir un perfecto ajuste de las piezas, algunas tan diminutas como son las que marcan las más finas rayas y perfiles. Es curioso y sorprendente examinar una taracea a través de una lupa; lo que constituye  la prueba de gracia para su autor. Porque el defecto que escapa a nuestra visión normal, podía aflorar la lente.
Nuestro buen amigo Sanjulián no le teme a los aumentos. Sus taraceas son de un ajuste perfecto. El hombre es un enamorado de su trabajo, no le importan las largas horas que necesita para realizarlo, ni su paciente puesta en juego, ni la búsqueda laboriosa de las maderas que necesita.

 
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